En la Costa Caribe colombiana —y especialmente en Barranquilla, el principal polo empresarial de la región—, el costo de la energía se ha convertido en un enemigo silencioso para las empresas. Lo que antes era un gasto operativo manejable, hoy se ha transformado en un factor que amenaza la competitividad, la rentabilidad e incluso la supervivencia de muchos negocios.
Empresarios de distintos sectores —desde industriales hasta comerciales y de servicios— coinciden en una preocupación común: cada mes, las facturas de energía llegan con incrementos difíciles de justificar. Y aunque los discursos sobre eficiencia y sostenibilidad abundan, la realidad es que pocas compañías pueden sostener márgenes saludables bajo esta carga constante.
Según cifras del propio sector, la región Caribe paga tarifas hasta un 30% más altas que el promedio nacional. Detrás de esa diferencia hay una combinación de factores: pérdidas técnicas y no técnicas, subsidios cruzados, fallas estructurales en la red eléctrica y una cadena de intermediación que pocas veces se traduce en un mejor servicio.
Para las empresas medianas y grandes, esto representa decenas o incluso cientos de millones de pesos adicionales cada mes. En el papel, es un costo fijo; en la práctica, es una fuga de recursos que podría destinarse a innovación, empleo o expansión.
Cuando una empresa paga más por energía, no solo se reduce su margen: también pierde capacidad para competir. En mercados donde cada punto porcentual cuenta, los costos energéticos terminan definiendo quién crece y quién se estanca.
Lo más preocupante es que muchas compañías —incluidas varias en Barranquilla— han normalizado esta situación, asumiendo que no hay alternativas. En reuniones de gerencia, las facturas de energía rara vez se analizan con el mismo rigor que otros gastos estratégicos, y los cobros indebidos o errores de facturación pasan inadvertidos mes tras mes.
Paradójicamente, la Costa Caribe es una de las regiones con mayor potencial energético del país —por sus recursos solares, eólicos y su vocación productiva—, pero sigue pagando tarifas más altas. Esta paradoja no solo genera frustración entre los empresarios, sino que también limita el desarrollo industrial regional.
La pregunta de fondo es simple pero incómoda: ¿hasta cuándo podrán las empresas absorber estos costos sin sacrificar empleo, inversión o calidad en sus productos?
El tiempo de “aguantar” parece agotarse. Cada punto adicional en el costo de la energía se traduce en decisiones difíciles: ajustar presupuestos, recortar personal o incluso trasladar operaciones fuera de la región.
En próximos artículos: exploraremos cómo algunas empresas están empezando a auditar sus facturas, identificar cobros indebidos y tomar medidas legales o técnicas para reducir estos sobrecostos.